CERO GANAS

Pensé que había llegado la hora, que tanta curva de la felicidad iba a hacer que me estrellara, por lo que me apunté al gimnasio (sí, otra vez) para estar fuerte, fibrosa y así poder cargar a cuestas el saco de dormir y la maleta por toda Londres.

Hace unos meses os hablaba de lo peculiares que resultan ser algunas personas a la hora de usar las máquinas del gimnasio y de mi amor/odio en concreto con la elíptica. Pues ese amor/odio sigue latente, sobre todo cuando aumenta la temperatura del ambiente. Con lo que para compensarlo prefiero únicamente nadar.

Las cero ganas empiezan en el momento en el que después de recorrer un tramo bajo el Sol de mediodía, llegas, abres la puerta de los vestuarios y un halo de humedad mezclado con sudor y pies te impregna las gafas de vista (en mi caso).

Las cero ganas siguen presentes aun después de conseguir meterte ese bañador que te reprieta ambas nalgas formando un culo prensado (poco favorecedor) y el gorro lleno de polvos de talco en la cabeza. Además, yo llevo el kit completo porque tengo que ponerme esos tapones de cera asquerosos que hacen ruiditos de aguilla en el oído.

Definición gráfica: Poder sentir que tu piel se fusiona con tus órganos con ese bañador prieto, colección primavera-verano.

Las cero ganas no se van ni siquiera cuando empiezas a nadar, momento de desconexión en el que puedes relajarte o entrenarte, lo que tu prefieras. El problema es, que a estas alturas de la operación trikini, a cualquier hora hay siempre gente, mucha gente. Es una auténtica mierder nadar con cuatro personas delante de ti y otras cuatro detrás, es así. Porque me agobia, porque llevan aletas los muy tramposos y porque me presionan a correr nadando con esa cara malvada:

Tengo miedo de que me den un manotazo. Así que hago mis respectivos largos y me voy de ahí rapidito con cuidado de no resbalarme porque ya lo que me faltaba, si era poco llamar la atención disfrazada de Alien, como para hacer una performance.

Y llega el súmmum de las cero ganas cuando tienes que hacer cola para ducharte mientras oyes una conversación de marujas sin prisa de irse a vestirse. ¡Maldita sea! Respira, respira hondo que aquí no te ahogas. Te das tu ducha rápida y cuando llega el momento de cambiarte, vuelves a estar sudando y a recibir ese halo de humedad mezclado con sudor y pies que te impregna de nuevo las gafas de vista.

La verdad es que da igual el momento en el que pises un vestuario, mantienen la temperatura y la humedad alta cualquier día del año. Pero en invierno existe el extra del secador para la gente con el pelo largo, toca pasar por ese mal trago.

1…2…3 no sube. 1…2…3 vamooos. 1…2…3 abrochada, ais.

Y con esto no acaba, no. Me toca volver a recorrer ese tramo de Sol de hora punta crítica hacia casa. En fin, todo sea por el corpore sano.

¿Y vosotros qué clase de deporte practicáis casi en pleno verano? ¿Os ha pasado esto alguna vez? Decidme que no soy la única afectada.

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